Por Horacio Serpa*

Columnas para recordar…

NADIE imagina lo desgraciada que ha sido, para los integrantes de la campaña presidencial que eligió a Ernesto Samper en 1994, la etapa política que siguió al día en que se conocieron los narcocasetes. Especialmente para mí, que abracé de fondo la lucha electoral.

A partir de ahí nunca he tenido reposo. No me refiero sólo a los 4 años de gobierno. Tampoco al tiempo que transcurrió hasta que una Fiscal Delegada ante la Corte Suprema de Justicia precluyó la investigación penal, declarando mi inocencia. Hablo del lapso comprendido entre junio de 1994, hasta el momento en que escribí este artículo: casi 13 años después.

El proceso 8.000 ha sido un fantasma malévolo y perturbador que aparece en el momento menos pensado, a la vuelta de cualquier esquina, por los motivos más fútiles o perversos, la mayoría de veces sin ninguna razón. Siempre el 8.000, la financiación del narcotráfico, la amistad con Samper, la deshonra pública, el daño al país, el mal ejemplo a la juventud, el raponazo a la democracia y mil argumentos más que se utilizan para descalificar cualquiera de mis proyectos políticos, una propuesta pública o una simple opinión.

Me refiero, claro, a los argumentos de los adversarios políticos, muchos y poderosos, y a las opiniones de quienes no se dan tiempo para estudiar lo que ha pasado en el país y se dejan llevar por apreciaciones ajenas. Para ellos todos somos bandidos, responsables y debemos ser condenados al suplicio eterno o la lapidación pública.

Nada vale que la justicia hubiera investigado, procesado y condenado a varias personas. Para ellos reinó la impunidad, pues los sancionados merecían mucho más y los declarados inocentes lo fuimos por influencias, prevaricato o benevolencia.

El último episodio corrió por cuenta de Fernando Botero Zea, ahora condenado por la Corte Suprema de Justicia, once años después de la entrevista que le dio a Yamid Amat. ¡Increíble! Enredando el cuento, fue tan eficaz en el propósito tratando de amortiguar los efectos políticos de la detención de los senadores uribistas, que mi Partido, en cambio de salir a denunciar el fraude en las elecciones de 2002, desestimó el fallo que me exoneró de responsabilidad y me echó a los tiburones. Como decimos en Santander: “que joda tan arrecha”.

No busco olvido ni conmiseración. Sólo un poco de reflexión, para que finalmente se conozcan la verdad y los responsables. Quienes somos inocentes merecemos respeto ciudadano. Para contribuir a que desaparezca el fantasma, hoy estoy renunciando ante el señor Fiscal General a la preclusión que me exoneró y a la prescripción de la acción penal, si ya hubiere operado.

Muchos amigos me han expresado amistad y solidaridad. Se los agradezco. Les garantizo que esa confianza no será defraudada y que lucharé hasta el último minuto de vida, para que nadie nunca le pueda decir a Sebastián que su abuelo fue un bandido.

Apretadito: arrecho en Santander es sinónimo de enojo, dificultad, bravura. No se confundan por favor.

Bucaramanga, Febrero del 2007

*Abogado, Ex Congresista, Ex Ministro, Presidente Asamblea Nacional Constituyente, Ex procurador, Ex Gobernador, Ex Comisionado de Paz, Ex Diplomático, Ex Candidato Presidencial.

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