Por: Alfredo Molano Jimeno

El sistema electoral colombiano ha llegado a tal grado de descomposición, que para ser elegido senador hay que conseguir para la campaña $6.000 millones Y HASTA MÁS, mientras que para representante se debe tener al menos $3.000 millones. Cifras que ponen de presente que en realidad las curules no se ganan, se compran. Y uno de los epicentros de la politiquería y el chanchullo electoral es, sin duda, Atlántico, departamento que a la vez tiene hace años unas casas políticas asociadas a gamonales que dominan el juego y unos reyes que definen las reglas: los Char.

En este complejo entramado aparecen franquicias electorales como la de los Name, los Gerlein y los Char, así como pequeños emprendimientos de compraventa de votos como los que pusieron Ashton, Merlano y Pulgar. Pero en esta variedad de negocios existe una plaza obligatoria para quienes quieren hacer política clientelar: Soledad. Un distrito electoral en el que viven cerca de 660.000 habitantes donde los políticos del Atlántico históricamente cuadran caja el día de las elecciones.

Este proceso de cuadrar caja no corresponde a la imagen, también cierta, de un tipo que compra votos a los transeúntes frente al puesto de votación el día de las elecciones. No. Allá se ha entronado el más sofisticado y perverso método de compra también de conciencias. El sistema está soportado sobre los colegios. Los políticos y sus familias, que operan como clanes, son propietarios de los centros educativos de Soledad, como pasa con el Colegio Metropolitano Soledad 2000, El Milagroso y el Continental del Caribe, por sólo mencionar tres.
“La cosa con los colegios funciona así: la Alcaldía de Soledad o la Gobernación del Atlántico hacen convenios con los colegios porque no hay instituciones públicas para cubrir la demanda. El convenio financia cupos para estudiantes y sueldos de profesores. Con esto tienen dos vías de corrupción: una que funciona cobrando un pedazo del sueldo de los profesores y empleados, y otra que consiste en convertir a las familias de los becados y de los trabajadores del colegio en votantes”, me detalló una fuente.
“Si estás desempleado, puedes emplearte en un colegio de Soledad. El único requisito es pagar un porcentaje del sueldo y firmar los comprobantes de pago como si lo recibieras completo. El contrato decía que el sueldo es de $1’200.000, pero me pagaban $750.000. El resto se lo quedaban, pero además nos pedían el voto y nos hacían inscribir el colegio como puesto de votación. Esta era una obligación para docentes, empleados y familias de los becados”, explicó un maestro que ha trasegado por instituciones educativas y campañas políticas.

En Soledad para nadie es un secreto esta práctica. Si quiere que su hijo estudie, tiene que pagar con votos la educación. El sistema es exacto. La zonificación, por ejemplo, consiste en inscribir los votos comprados en un puesto de votación de forma tal que se pueda hacer seguimiento de la “inversión”. Y los colegios, de propiedad de los políticos, son puestos de votación donde las campañas zonifican a sus votantes. Así pueden saber en tiempo real quién cumplió y quién no.

Los pioneros e impulsores de estos colegios electorales son los Char, quienes han replicado el modelo de dar empleos, becas, firmar convenios o suscribir contratos a cambio de coimas y votos. Se lo piden a los empleados de sus tiendas Olímpica, a los funcionarios de las alcaldías y la Gobernación. Regalan mercados y cobran con votos, dan contratos y exigen recompensas, mercadean con fútbol para ganar elecciones. Han llevado a la máxima tecnificación el sistema de compraventa de conciencias, votos y favores políticos; sólo así una familia de comerciantes sin discurso político podría haberse convertido en la casa política más poderosa e “intocable” de todo el país.

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