Por: Lola Portela

No soy pesimista, pero hablemos claro: la paz no llegará con la firma de los Acuerdos, será un proceso. Y por la resistencia a soñarlo, creerlo e imaginarlo, me atrevo a decir que nos espera una larga construcción para que la blanca paloma vuele en Colombia; serenamente.

Me asombra tanto esta pelea entre los del No y los del Sí, como me abruma que personas inteligentes no estén centradas en ver de qué forma debemos empezar a trabajar regionalmente en la reconstrucción de país. Los del No han inventado incluso que no fue el Presidente quien firmó los Acuerdos, porque, según ellos, la firma no corresponde. Los colombianos en vivo y en directo lo vimos firmar.

Mis colegas, familiares y amigos en el exterior no comprenden esta contienda. Yo tampoco, pero la explico por la ignorancia de algunos que en su magna pereza de leer sólo copian, pegan y envían el mismo mensaje, presentado de diferentes formas, pero con los mismos argumentos absurdos e ignorantes, para desvirtuar lo que en realidad dice en los Acuerdos. Quienes los analizamos sabemos que no son perfectos, pero denotan un gran trabajo, una gran discusión, para llegar a esto: un acuerdo.

Los Acuerdos con las Farc son un alivio, porque aunque dice en su inicio “para terminar el conflicto armado”, es claro que éstos Acuerdos son únicamente con las Farc. Y por lo mismo, es evidente que le brindarán al país sólo una relativa calma en materia de orden público. Sin embargo, al desmovilizarse este grupo guerrillero enemigo del Estado colombiano, las Fuerzas Armadas podrán concentrarse en perseguir simplemente hampones, y lo digo así, sin eufemismos de ningún tipo y menos políticos.

Para nadie es un secreto que las Farc, internacionalmente, construyeron una imagen, como “revolucionarios” y en su estructura guerrillera han tenido como objeto tomarse el Estado por las armas. Ahora, aunque muchos no lo vean, a ellos les tocará ganarse ese lugar, pero en las urnas.

Es cierto que, en el posconflicto, tendrán participación política, con la dejación de armas y la firma del cese al fuego lo cual le dará paso a que esas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, se conviertan en un partido o movimiento político. Esto es lo que se espera de una democracia. Pero también queda muy claro que sólo mediante el voto lograrán el poder. Y aunque sí tendrán 10 curules para el Congreso, debe aclararse que, aunque esto les da voz, no les otorga voto en el recinto. En lo personal, tengo claro que el discurso de ellos no me convence y con certeza no me hará cambiar ideales, desde el Congreso. También sé que jamás les daré mi voto. Y cuando reflexiono en ello, pienso que tal vez sea la forma de cobrarme el dolor de mi patria. Finalmente, la democracia nos ofrece libertad en el opinar, en el decidir y lo más importante en elegir, de allí la gran responsabilidad que debemos asumir: votar y hacerlo bien.

Como también me quedó claro, al reunirme esta semana con algunas víctimas, que ni con cárcel, ni expatriándolos, ni con condenas de pena de muerte, se hallaría la proporción frente el sufrimiento que las Farc le han causado al país. Mucho menos mediante las mal llamadas sanciones que pagarán sus cabecillas. Y es que nada devolverá a los muertos, los años de vida que perdieron en la manigua los secuestrados, nada borrará las cicatrices en el cuerpo, pero sobretodo las del alma, éstas son marcas que simplemente quedarán allí, como cicatrices, Y fueron causadas no sólo por las Farc, también sabemos que participaron otros grupos alzados en armas, que también se justifican en mentiras, engaños, y políticas doctrinales, pero si hablamos claro, nada justificará tanta violencia desmedida, desproporcional y brutal. Así que, vuelvo y lo digo, mejor tenerlos peleando con ideas, mediante palabras y no con armas.

Según la estrategia para ponerle fin al narcotráfico, se sustituirán los cultivos ilícitos por proyectos productivos y se reforzará la lucha contra las drogas y el crimen organizado. Es absurdo pensar que, de la noche a la mañana y con la firma del Acuerdo, desaparecerá del país el terrorismo y con ello, las bombas y las tomas, el asesinato, el secuestro, el narcotráfico, las vacunas, los hurtos y muchos otros delitos, que no fueron inventados propiamente por las Farc. La delincuencia común seguirá dando qué hacer a las Fuerzas Armadas. Esperamos que ya sea, sin cilindros, “sin pescas milagrosas”, sin toma de pueblos, sin voladuras de oleoductos, sin bombas de clubes sociales, porque quedan grupos dedicados a ser delincuentes que buscan sólo hacerse ricos. Ellos no destruyen pueblos, con el argumento de que no entendemos el cambio político necesario. Por eso vuelo y aplaudo que el “conflicto” sea con argumentos y no con balas, bombas y fusiles, como lo vivido por más de 50 años, con ese grupo que, finalmente, dijo sí deponemos las armas. De esta forma, nuestras Fuerzas Armadas, podrán dedicarse combatir con toda su estrategia, y energía a cuanto delincuente aparezca.

Los Acuerdos plantean la reforma agraria, la modernización del campo y la reparación de las víctimas; éstas serán la prioridad y es más que justo, además es en el campo donde se libraron las verdaderas batallas y precisamente fueron los campesinos quienes pusieron la mayor cantidad de víctimas.

Y en esa misma reflexión analizo y no encuentro de qué forma el No pueda ayudarle al país, así sean válidos algunos de los argumentos que exponen Uribe y su estudiosa bancada del Congreso. A quienes respeto y, por lo mismo, encuentro repugnante que se les estigmatice “como amigos de la guerra o como arma destinada a acabar con este Gobierno”. El No se queda sin argumentos, cuando la gente lee los Acuerdos.

Lo anterior, me hace pensar que los colombianos llevamos una herencia de conflicto en las mismas venas, que se inició entre azules y rojos y hoy estamos todavía pagando el precio. Por fortuna, como le expliqué a uno de mis hijos, por nuestras venas hoy ya corre sangre azul mezclada con roja. Quizás por eso mi pasión es más mesurada y pretende ser objetiva.

He decidido votar Sí al plebiscito. Y aclaro: no estoy votando a favor, ni en contra de ningún presidente, o expresidente. Votaré Sí porque como la mayoría de los colombianos del común inicio la derrota a las Farc, en las urnas. Les diré no quiero, nunca quise su guerra. También reafirmaré que no me gusta el país en que vivimos. Con mi Sí diré tengo esperanza y creo que somos capaces de construir una mejor patria para nuestros hijos y nietos. También sé con mi Sí, que algún día seremos capaces de unir las manos, con de los del No para sembrar juntos la paz, porque ellos tienen sólo armada su alma.

Por último, les digo: dejemos el eufemismo, llamemos las cosas por su nombre, sin creernos o parecer exquisitos, decorosos o usar el cinismo. Hablemos claro, pero con respeto, sin escudarnos en tapujos, para encubrir la gravedad de las cosas que pasaron. Dejemos el lenguaje solapado que se inventó en esta guerra, donde hablamos de “falsos positivos”, cuando en verdad no fueron falsos; dejaron víctimas y dolor. Al igual que las “pescas milagrosas”, cuando fueron secuestros masivos, no milagros traídos del cielo. Cada uno de esos delitos, nos dejaron esta Colombia que se siente herida e incrédula frente a la paz que a muchos les da miedo soñar.