Iván Cepeda y Gustavo Petro no actúan desde la ingenuidad ni desde el error: actúan desde la lógica gramsciana del poder.
Antonio Gramsci, el gran ideólogo del marxismo cultural del siglo XX, diseñó una estrategia para salvar al socialismo tras el estrepitoso fracaso del marxismo-leninismo en la Europa comunista creada por la URSS después de la Segunda Guerra Mundial. Esa estrategia no buscaba ya la toma violenta del poder por insurrección armada, sino la conquista progresiva de la sociedad a través de la cultura, el lenguaje, los medios, la educación, la justicia y la moral pública: la hegemonía.
Ese es el libreto que hoy ejecutan Petro y Cepeda. No gobiernan solo desde el Estado: gobiernan desde la narrativa. Desde la colonización ideológica de lo que se puede decir, pensar y juzgar. Por eso justifican lo injustificable, encubren lo criminal y convierten al victimario en víctima.
De allí su adhesión a la doctrina siniestra de la “combinación de todas las formas de lucha”: una fórmula histórica del comunismo latinoamericano que legitima simultáneamente la acción armada, el crimen organizado, la subversión institucional y la propaganda política, siempre que sirvan al proyecto revolucionario. Esa es la matriz que explica por qué jamás condenan con claridad a las guerrillas, a los carteles aliados, ni a los regímenes criminales que les sirven de soporte regional.
Por eso Petro y Cepeda condenan con furia la acción de los Estados Unidos contra Nicolás Maduro, pero guardan silencio —o complicidad— frente al hecho central: Maduro no es un presidente, es un usurpador. Su poder no emana del pueblo venezolano, sino del fraude, del terror y del crimen. El legítimo presidente de Venezuela es Edmundo González, despojado por una dictadura que destruyó la soberanía popular.
La Venezuela de hoy no es una república: es una plataforma continental del narcotráfico, del contrabando de oro, del lavado de activos, del terrorismo y del crimen organizado transnacional. Es la Meca de los carteles del mundo. Y Petro y Cepeda lo saben. Pero su lealtad no es con la democracia ni con los pueblos: es con el proyecto ideológico que necesita dictaduras aliadas para sobrevivir.
Por eso atacan a quien enfrenta al tirano, y jamás al tirano mismo.
Por eso denuncian a la democracia liberal, pero jamás al totalitarismo socialista.
Por eso hablan de “soberanía”, mientras protegen al régimen que la destruyó.
No es ignorancia.
No es error.
Es doctrina.
Por Héctor Merlano Garrido


