No enfrentamos simples bandas. Enfrentamos sistemas de poder que cobran impuestos, imponen horarios, reclutan menores, administran justicia criminal, controlan economías, constriñen a los votantes y deciden quién puede entrar o salir de una comunidad. Recuperar la iniciativa exige golpear simultáneamente la estructura armada, las finanzas y la gobernanza criminal. Si solo se combate una parte, el sistema se recompone.

Los cuatro males del Ejército que recibe el Tigre

Si tuviera que resumir el estado actual del Ejército en cuatro expresiones, diría que recibe un Ejército vetusto, golpeado en su capital humano, con problemas de disciplina y excesivamente burocrático.

Primero, un Ejército vetusto. No todo el equipo es inútil ni toda capacidad está obsoleta. Pero existen plataformas envejecidas, rezagos de mantenimiento y brechas frente a drones, guerra electrónica, sensores, inteligencia artificial, municiones merodeadoras y sistemas modernos de comando y control. En Ucrania, el proceso para adquirir una ventaja tecnológica puede durar un par de semanas. En Colombia, un proceso de adquisición puede tardar meses o, por qué no, años.

Segundo, un Ejército golpeado física y mentalmente. Tenemos hombres heridos, lesionados, enfermos y afectados psicológicamente. También existen numerosos excusados del servicio que deben ser evaluados con rigor, humanidad y honestidad. Debemos recuperar a quien pueda recuperarse, proteger a quien quedó limitado por el servicio y evitar que siga haciendo carrera una cultura de evasión, favorecida por vacíos o por la falta de seguimiento a los procesos. Un Ejército debe ser fuerte física, mental y moralmente para poder derrotar al adversario.

Tercero, un Ejército con problemas de disciplina. Durante los últimos cuatro años hizo carrera un discurso político inconveniente que quiso interpretar la institución por medio de una narrativa de lucha de clases. La Fuerza no puede enfrentar al oficial con el suboficial, ni al suboficial con el soldado. La cadena de mando debe ser legítima, respetuosa y acompañada de liderazgo. Pero debe existir. Cuando se rompe la confianza vertical, la disciplina se deteriora. Y un Ejército sin disciplina deja de ser Ejército. Desafortunadamente, hemos visto casos de este tipo en las noticias y en las redes sociales: soldados enfrentados en batallas campales o contra sus cuadros de mando. Es un fenómeno que no se puede tolerar en un ejército profesional.

Cuarto, un Ejército burocrático. Estamos tratando de enfrentar organizaciones del siglo XXI con procedimientos administrativos diseñados para otra época. El enemigo cambia una frecuencia, un software o un dron en semanas. Nosotros podemos tardar nueve meses en adquirir la contramedida. Cuando finalmente llega, la guerra ya cambió. Rapidez no significa corrupción, pero control tampoco puede significar parálisis.

El Jaguar: soberanía sí, improvisación no

El caso del fusil Jaguar merece una discusión seria, sin patrioterismo ni desprecio por la industria nacional.

Yo celebro que Colombia quiera desarrollar un fusil propio. La soberanía tecnológica es deseable y la industria militar debe crecer. Pero una cosa es presentar un prototipo y otra declarar que existe una capacidad madura.

Durante las pruebas realizadas entre el 14 y el 16 de mayo de 2026, dos integrantes de la Fuerza Pública resultaron lesionados por una liberación no controlada de gases asociada al sistema de cierre. El Ministerio de Defensa e Indumil reconocieron la necesidad de ajustes y modificaron el cronograma. Informes conocidos posteriormente señalaron observaciones sobre seguridad, confiabilidad mecánica, resistencia, trazabilidad e interoperabilidad. El Ejército aclaró que no había solicitado una compra masiva porque el arma seguía siendo un prototipo sin todas las certificaciones requeridas.

Eso no significa abandonar el Jaguar. Significa madurarlo: probarlo, romperlo, corregirlo y volverlo a probar; llevarlo al barro, la selva, el desierto, la humedad y a miles de disparos. Un fusil no se evalúa en una ceremonia. Se evalúa cuando la vida de un soldado depende de que este dispare.

El nuevo Gobierno debe apoyar la industria nacional, pero jamás convertir a los soldados en banco de pruebas de una decisión política. Soberanía sí. Improvisación no.

El desafío de la nueva cúpula militar

El Tigre recibirá un enorme desafío, pero también una oportunidad histórica. No basta con hablar fuerte, cambiar la cúpula o aumentar el presupuesto. Tendrá que reconstruir una capacidad integral.

Primero, deberá recuperar la iniciativa operacional y establecer reglas claras frente a los grupos armados. Negociar no puede volver a significar dejar de combatir el delito, el reclutamiento, la extorsión o el narcotráfico.

Segundo, tendrá que reconstruir inteligencia y memoria operacional. Sin inteligencia, la fuerza golpea sombras. Con inteligencia, puede anticipar, desarticular finanzas y proteger a la población.

Tercero, deberá recuperar movilidad, mantenimiento y disponibilidad. No interesa cuántos equipos figuran en un inventario, sino cuántos están listos para cumplir la misión esta noche.

Cuarto, tendrá que restablecer alianzas sin complejos ideológicos. Colombia necesita cooperación con Estados Unidos, Israel, Europa y otros socios capaces de aportar tecnología, entrenamiento e interoperabilidad. La soberanía no consiste en aislarnos; consiste en decidir con quién cooperamos para defender nuestros intereses.

Quinto, deberá reformar la adquisición de capacidades urgentes. Necesitamos velocidad con transparencia, control con oportunidad y responsabilidad con resultados.

Sexto, tendrá que fortalecer al soldado, al suboficial y al oficial. Mejor bienestar, salud física y mental, entrenamiento realista, disciplina, liderazgo y respaldo jurídico. El soldado no puede seguir recibiendo discursos de gratitud mientras combate con incertidumbre jurídica y equipos que no siempre están disponibles.

Y, finalmente, tendrá que escoger generales institucionales: hombres y mujeres capaces de obedecer dentro de la Constitución, pero también de decirle la verdad. El presidente no necesita aduladores con soles. Necesita comandantes que le adviertan cuando una decisión política puede costar vidas, territorio o capacidad estratégica.

El Tigre y la nueva cúpula militar no reciben ruinas; reciben una deuda

Sería injusto decir que el nuevo Gobierno recibe unas Fuerzas Militares destruidas. La institución conserva experiencia, doctrina, unidades extraordinarias y miles de hombres y mujeres dispuestos a servir. Pero también sería irresponsable ocultar el deterioro.

Abelardo de la Espriella recibe una deuda acumulada: recuperar capacidades mientras combate amenazas fortalecidas. Tendrá que hacerlo con restricciones fiscales, urgencias tecnológicas, territorios disputados y una sociedad que exige resultados rápidos.

No hay tiempo para triunfalismos. Tampoco para purgas, improvisaciones o propaganda. La reconstrucción debe comenzar con un diagnóstico honesto y continuar con un plan de largo plazo basado en DOMPILEM: doctrina, organización, material, personal, infraestructura, liderazgo, educación, entrenamiento y mantenimiento.

Yo sigo creyendo en el Ejército de Colombia porque conozco a sus soldados; yo fui uno de ellos. Los vi combatir en la montaña, la selva y el desierto. Sé de qué son capaces cuando cuentan con liderazgo, inteligencia, movilidad, respaldo jurídico y una misión clara.

El Tigre y la nueva cúpula no reciben un Ejército sin valor. Reciben un Ejército al que hay que devolverle capacidad, confianza e iniciativa. Esa tarea no admite mordazas ni medias verdades. El país debe conocer lo que se perdió, lo que todavía permanece y lo que tendremos que reconstruir.