Por Lola Portela

No soy blanca, ni negra, trigueño es mi color de piel. Y no tengo color político, ni soy de derecha, ni de izquierda. Sólo pertenezco al equipo de un gran Creador, que llamo: Dios, pues de fútbol sólo sé gritar: gol.

Amo la libertad, la justicia y la verdad, por mucho que, como periodista, nos toque escudriñarla, para encontrarla.

Esto lo aclaro porque hace unos días me preguntaron de qué partido era. Y al iniciar “el ruido de la pandemia”, uno de mis grandes amigos se enojó conmigo por publicar, en un grupo privado, las determinaciones del gobierno colombiano. Cuando mi intención sólo obedecía al deber, que tenemos todos, de estar enterados.

Lo he dicho antes y lo repito: agradezco que Colombia tenga un presidente con la camiseta puesta frente a este bicho. Al igual que algunos alcaldes y gobernadores, no ladrones, que trabajan por su pueblo. Sin embargo, será la historia, no yo, quien diga si sus decisiones fueron buenas o malas. Y que los juzgue quien todo lo ve.

En honor a esa verdad, debo decir que soy infinitamente apasionada, por los que amo, y por mi profesión, pero no por lo político. Tal vez se deba a que, en Chile, desde niña, aprendí que se vive mejor sin partidismos, sin buscar culpables y desde la solidaridad. En mi trasegar profesional; cubriendo conflictos nacionales e internacionales, concluí que el camino no son las armas. Y hay peleas que no se ganan con una pluma o un micrófono. Hay guerras, como está, donde con certeza, ganará el amor por el otro, más allá del orgullo o los intereses personales mezquinos que tanto daño hacen.

Mis cercanos saben que me vine a Colombia a estudiar porque aquí tenía la libertad de elegir la carrera que se me daba la gana. Y con maestros grandes del periodismo aprendí, de muy buena escuela, que no somos la justicia, que hay organismos para eso, porque nuestra profesión tiene límites, y nuestra misión no es otra que informar, no sin antes, verificar, con varias fuentes, para publicar: lo verdadero.

“Joderle” la imagen a alguien es muy fácil; es un daño irreparable, el periodismo irresponsable y también corrupto, porque lo hay, lo hace a diario en el mundo. Y así se queda. ¿Acaso es posible lograr que quien escuchó la mentira dicha, la información tendenciosa, escuche posteriormente la corrección o la verdad? Nunca pasará.

El Covid dejará no sólo muertos. La realidad pasmosa es que tendremos cientos de daños o bajas colaterales y a nivel mundial: en la familia, el periodismo, pero especialmente en la economía. Esa que ya de por sí estaba enferma, sobretodo en los países pobres.

Sin arengas, sin marchas, sin paros, pues ya estamos todos quietos: se viene un gran estallido social.

Repito lo que vengo anunciando: el pueblo tiene hambre. Los propietarios piden sus viviendas y desalojan a su manera; los independientes han entregado también los locales de sus negocios y están cerrando; las pequeñas empresas no tienen acceso a los créditos anunciados y están en quiebra. Los auxilios llegaron a unos pocos, pero son muchos más los necesitados. Los niños están siendo retirados de los colegios y los jóvenes de las universidades, pues ni para el internet, el agua, la luz, el gas hay dinero, mucho menos para pagar estudios. Pueden ofrecer subsidios, pagos por cuotas, pero en realidad sin ingresos es imposible pagar, así sea a crédito.

Ahora que tengo tiempo, hasta para ver televisión, observo que hasta en Caracol y RCN, presentan el Chavo, Chespirito y partidos de fútbol viejos. Todo está refrito, y ellos también necesitan mantener la nómina .

Colegas no es momento para el entretenimiento. Es hora de dejar la vanalidad, lo superfluo. Es hora de despertar a la humanidad, estamos viviendo un momento histórico.

¡Bienvenidos a un nuevo orden mundial! Donde tendrán que sentirse y verse verdaderamente observados y escuchados, desde lo secreto.

Dejen de tragar entero, eso produce indigestión profesional. Nuestro trabajo se hace con o sin vigilancia, pues quien nada debe teme.