«Pocos países tienen la oportunidad de encontrar en alguna etapa de su desarrollo territorio escasamente habitado para expandirse, como lo es la Orinoquía colombiana. Brasil está beneficiándose todavía de esa expansión que lo ha convertido en una potencia exportadora de bienes agropecuarios» concluía Hommes.

Por FRANCISCO RODRÍGUEZ

Colombia, además de estar agobiado por el Covid-19 y los más altos índices negativos de crecimiento económico, consumo, confianza y desempleo de las tres últimas décadas, está a punto de presenciar la sepultura de un promisorio proyecto agroindustrial, Bioenergy, restándole, además, potencial a la Orinoquía, una enorme y biodiversa región del país, en la que puede emerger un acelerado proceso de florecimiento económico, justo cuando más se necesita en el inmediato futuro, por cuenta de las graves secuelas socioeconómicas que dejará la pandemia.

Y es que la estatal petrolera colombiana, dueña del proyecto, notificó oficialmente: «Ecopetrol S.A. se permite publicar comunicado de su subordinada Bioenergy S.A.S., en el que informa que mediante los autos número 2020-01- 293699 y 2020-01-293715, ambos del 24 de junio de 2020, de la Superintendencia de Sociedades, se decretó la terminación del proceso de reorganización y apertura del proceso de liquidación judicial de Bioenergy S.A.S. y Bioenergy Zona Franca S.A.S., respectivamente. El proceso de liquidación se realizará según la ley de insolvencia empresarial, 1116 del 2006, y bajo la dirección de la Superintendencia de Sociedades».

Triste y grave precedente para la industria de los biocombustibles, que justo en la perspectiva de la nueva normalidad que impone al mundo la pandemia de Covid-19, es la llamada a contribuir a la producción masiva de estos, como aporte a la imperiosa necesidad de disponer, a gran escala, de combustibles cada vez más limpios.

Justo en una conferencia que daba hace unos días para un importante gremio del país, el gurú colombiano de la tecnología Orlando Ayala, planteaba que en el modelo económico de la ‘nueva normalidad’ la bioeconomía emerge como la gran protagonista. El experto, además, fue integrante de la Comisión de Sabios convocada por el mismo gobierno actual en sus inicios. Es decir, estamos ante una opinión de gran peso.

Entonces, volviendo al punto Bioenergy, lo que se liquida es una empresa donde el Gobierno es el más más cercano accionista, y desde donde lo que se debería es dar impulso, de una vez por todas, al desarrollo agrícola y agroindustrial de la Orinoquia.

Estos conceptos no son sacados del sombrero. Un documento de Anif planteaba hace un par de años que «ojalá la Administración Duque logre llevar a feliz término esta idea de posicionar a la Orinoquía como uno de los nuevos ejes del desarrollo económico del país».

El Consejo Directivo de este centro de pensamiento económico ha venido insistiendo desde 2008 en los enormes atributos que exhibe la Orinoquía como puntal del desarrollo alternativo, como, por ejemplo: su baja densidad poblacional (6 habitantes/km2 vs. 40 a nivel nacional), su gran extensión de tierras (25 millones de hectáreas, equivalentes a 22 % del territorio nacional) y el potencial que ofrecen sus suelos para el cultivo de materias primas provenientes del maíz, soya, caucho, palma y otros, sin afectar el equilibrio ecológico existente.

Dicha región, dice ese análisis, cuenta con alrededor de 4 millones de hectáreas disponibles para la producción agrícola con potencial de incrementar hasta en 80 % el área vigente nacional, donde ya se han visto exitosos programas en cultivos de soya, maíz, sorgo, palma y caucho. La paradoja es que las actividades agropecuarias tan solo generan 13 % del Producto regional frente a 44 % obtenido de la minería.

Otra voz muy autorizada es la del exministro de Hacienda, Rudolf Hommes, quien señalaba que «después de haber gastado mucho tiempo y esfuerzo, innumerables artículos, presentaciones y discusiones con miembros del Gobierno al más alto nivel, en sus muy leídas columnas de opinión, también hace un par de años, señalaba que me había resignado a que el desarrollo de la Orinoquia, una de las regiones más promisorias para el futuro económico y productivo del país, no era un sueño realizable a corto plazo por falta de interés o de compromiso del Gobierno».

Pero agrega que «me llamó la atención entonces que la Universidad Purdue y la de Los Andes anunciaran una presentación sobre el progreso de la investigación contratada por el DNP que desarrollan en asociación con otras universidades, Corpoica y otras instituciones, y asistí a la reunión con la esperanza de encontrar noticias alentadoras. Una de ellas fue que la investigación no se concentra solamente en el área de la altillanura, sino que se extiende a toda la región, que incluye siete departamentos: Arauca, Casanare, Meta, Vichada, Guaviare, Guainía y Vaupés».

Y aquí viene lo más interesante del planteamiento de Hommes: «suponiendo que en esa área se pudiera producir tanto como en el resto del país, un poco menos, o un poco más, estimo que se tendría la posibilidad de aumentar el PIB entre 5 y 10 % en forma permanente. Esto generaría un aumento en el empleo de las mismas proporciones, lo que implicaría una caída abrupta del desempleo, la migración paulatina de trabajadores y emprendedores del centro del país y un incentivo a la inversión privada que se extendería por un largo tiempo».

«Pocos países tienen la oportunidad de encontrar en alguna etapa de su desarrollo territorio escasamente habitado para expandirse. Brasil está beneficiándose todavía de esa expansión que lo ha convertido en una potencia exportadora de bienes agropecuarios» concluía Hommes.

Abrir la mente a las oportunidades

Ya en mi caso personal, como responsable de este artículo, hace unas décadas me llamó la atención la valla publicitaria de un banco colombiano que a la letra decía: «todos veían un desierto, alguien vio Las Vegas».

Lo anterior para señalar que en el caso de Bioenergy, el Gobierno debería cambiar la actitud derrotista para convertirla en una gran oportunidad, y de paso, replantear y revisar la política de biocombustibles, pues el caso de esta compañía demuestra que hay cosas que no están funcionando, al tiempo que se afecta y desincentiva a los particulares que, en su momento, creyeron e invirtieron en el sector.

También es un mal precedente que esto ocurra en el Gobierno del Presidente Duque, con el que los productores agropecuarios abrigaban grandes esperanzas.

Como referente para hacerle un parangón a Bioenergy, vale la pena recordar la historia del Ingenio Risaralda (en el denominado Eje Cafetero de Colombia), un proyecto que se fundó en 1973 y que contó entonces con la participación de la Federación Nacional de Cafeteros, Cofiagro, el Instituto de Fomento Industrial, la Corporación Financiera de Occidente y propietarios de tierras de esta región.

Igual que muchos proyectos productivos en el país, el Ingenio Risaralda no fue ajeno a las crisis financieras y a los efectos estructurales de decisiones de política, como la apertura económica que en su momento decidió adoptar el gobierno del presidente César Gaviria Trujillo (1990-1994) y la liquidación de activos donde la Nación tuviera participación total o parcial.

Y lejos de llevarlo a liquidación, lo que se hizo entonces fue buscar alternativas que le permitieran a la empresa mantener su operación hasta nuestros días. En ese entonces, la Organización Ardila Lülle emergió como su principal accionista y obvio, además de la producción de azúcar, para el caso que nos ocupa, dispone de una destilería que produce cerca de 100.000 litros de alcohol carburante por día.

Todo esto, para poner de presente que para el caso de Bioenergy, con una alta dosis de voluntad política, visión de desarrollo agroindustrial a largo plazo y sentido de oportunidad, en un proyecto de esa naturaleza se puede jugar parte de la suerte que se necesita para recuperar los miles de empleos e ingresos empresariales que está destruyendo la pandemia de Covid19.

E insisto en las palabras de un sabio: hay que apostarle a la bioeconomía.