Por Juan Carlos Bermudez

El rifirrafe de esta semana en las toldas del Partido Verde en torno a si se había abierto o no la puerta para negociar con el candidato izquierdista Gustavo Petro muestra a las claras como va a ser la campaña presidencial del 2022: la mayoría de los partidos van a llegar divididos. Solo los extremos de la coalición Centro Democrático-Partido Conservador y de la Colombia Humana parecen gozar claramente de unidad. El resto -liberales, Cambio Radical, Partido de la U y hasta los verdes, como vimos- se han ido partiendo en pedazos de todos los tamaños, al punto de que algunas de esas agrupaciones van a ser ‘historia patria’ en el 2022.

El caso del Partido Verde, sin embargo, es más preocupante porque esa formación está llamada a ser la base de un propuesta realmente de centro o centro-izquierda que rivalice con la polarización. Su división es un signo de los duro que va a ser para Sergio Fajardo, claramente la carta presidencial más fuerte de la franja más centrista, la conformación de una movimiento sólido que pueda aspirar a derrotar en primera vuelta a uno de los extremos y a ganar el poder con el respaldo obligado de este en la segunda.

La coyuntura tampoco ayuda ahora ni ayudará el próximo año. Un país en crisis -como este, que sigue con un desempleo alto, con miles de empresas en vilo y aún sin vacunación en marcha a pesar de ser el cuarto con más peso en la región- suele decantarse por un cambio fuerte, radical, que Fajardo, De la Calle, Robledo y los demás de la llamada Coalición de la Esperanza no encarnan.

Colombia, que debería estar en el debate sobre la muerte de los líderes sociales, los ataques a la paz y la corrupción, está sumergida en la angustia diaria de sobrevivir, de cómo pagar la cuota de la casa y asegurar el pan de mañana. Eso complica todo y les da base a las propuestas populistas de uno y otro signo que la gente de centro no suele acoger.

Es de suponer, sin embargo, que en la Coalición de la Esperanza eso es lo último que se podría perder. Pero para evitarlo hay que ponerse las pilas, revisar el discurso y lanzar de una vez una propuesta sólida que pueda navegar en la turbulencia de esa dura realidad del país sin naufragar.

El Centro Democrático y el expresidente Uribe, concretamente, a sabiendas del desgaste del gobierno y la coyuntura adversa, está apostándole al discurso anticastrochavista contra Petro, combinado con el voto ‘amarrado’ que pueda venir del mismo uribismo, el conservatismo y esa llamada coalición de las regiones que formarían Alex Char, Federico Gutiérrez, Dilian Francisca Toro y, eventualmente, Enrique Peñalosa, todos ellos también unidos por la idea de atajar a Petro.

El único problema de este bando de derecha es que no tienen hoy un candidato o una candidata fuerte para ganar ese porcentaje de voto de opinión tan necesario. Y entre los aspirantes no hay quien haya hecho tan bien la tarea de posicionarse como Petro o el mismo Fajardo. Ni siquiera la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, quien no le sacó suficiente jugo a su cargo y estaría ya a punto de retirarse para buscar de nuevo la candidatura.

La esperanza de la Coalición de la Esperanza está hoy en día en que al gobierno le siga yendo mal (vienen una reforma tributaria y otros golpes) y su candidato no cuaje lo suficiente. Sin embargo,  no hay que olvidar quién está en el poder ni despreciar el peso de la maquinaria política, que por lo menos puede ser muy útil para pasar a la segunda vuelta.

Hay mucho trabajo por delante para Fajardo y compañía si realmente quieren ganar respaldo en la opinión, ya que tiene poca estructura partidista, solo algo en Bogotá y quizás en Antioquia. Evidentemente, la alternativa de juego está en presentar una propuesta atractiva y para la coyuntura, que empiece a venderse ya con una formula presidencial definida. No deberían gastar tiempo en debates internos cuando lo que necesitan es recuperar el terreno perdido con los extremismos que se alimentan entre ellos. Es hora de salir a dar la pelea en serio para que la esperanza no se parta en mil pedazos.