Voy a llamarle a este capítulo de nuestra fiesta decembrina: “Un encuentro con la poesía y el bolero”.

  Mucho puede decirse del bolero. Su nacimiento e historia, sus características y estructura, sus compositores e intérpretes. Pero…, me limitaré a hablar de él como una manifestación concreta y contemporánea de la poesía lírica musical.

  El bolero es poesía oral, que se transmite mediante la palabra hablada, o mejor, mediante la palabra cantada.

   Bolero y poesía no son rivales. Por el contrario, entre ellos se da una relación positiva, un “feeling”, donde lo sacro y lo profano, lo sublime y lo visceral comparten un pretexto común: el amor.

  En el bolero, la lírica, llámese letra,  se integra con la música melodía, armonía, tono y timbre−, producida por la voz y los distintos instrumentos. El bolero resalta la voz y las palabras “que nos interpelan, en un recitativo que recrea una intimidad seductora”.

 Contrario a lo que ocurre con la poesía, el bolero, con el paso del tiempo, se transforma en nuevas versiones mediante los arreglos y  adaptaciones de músicos e intérpretes. Cito apenas, como ejemplo, el nombre de  unos boleros,  en la voz de Luis Miguel: Bésame mucho, Contigo en la distancia, Solamente una vez, Sabor a mí, Noche de ronda, La Barca, Contigo aprendí, Inolvidable, Voy a apagar la Luz.

 En cuanto a la estructura literaria,  los temas de la poesía y del bolero están referidos usualmente al amor de pareja y reflejan los distintos estados de ánimo que atraviesa la relación amorosa. En tal sentido, los boleros pueden clasificarse según la temática que abordan, como boleros de incertidumbre, de amor correspondido, de amor no correspondido, de despecho, celos, desengaño, entrega, decepción, fracaso, esperanza, traición, desamor, nostalgia y más…

 Aparte de otras concepciones teórico musicales, el bolero habrá de entenderse como la canción del alma. Para el bolero,  no hay amor que no lleve consigo la huella de la herida, del dolor, de la añoranza, de la esperanza, de la entrega…

 La hazaña del bolero puede entenderse como otra épica. Los guerreros están armados de un lenguaje especial donde abundan las flores, las estrellas, la luna, la eternidad, Dios, los suspiros y la muerte, sin duda, expresiones propias del romanticismo.

  Uno de tantos estudiosos del tema,dice: “Haciendo un día la prueba de leer los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda como si los estuviese escuchando y no leyendo capté un “feeling” que me hacía recordar íntimamente el bolero”.

 “Pero, no es solo el “feeling” el que acerca el texto nerudiano al bolero, sino también el ritmo prosódico lento de los versos que recuerdan la lentitud melódica del bolero, en su compás de 4/4”.

 El texto de Neruda encuentra su analogía en los compases de 4/4: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” un verso   imborrable  como lo es también el verso: “Solamente una vez se ama  en la vida”, del  compositor e intérprete Agustín Lara.

En esta apropiación reside el punto de encuentro de la poesía con el bolero. Neruda, en los Veinte poemas, y los boleristas, en tantas composiciones, calaron, justo, en el corazón y en el alma de los enamorados.

 En la niñez se oían  los boleros sin tener conciencia de ello: era una música de gente grande que sonaba y resonaba en los viejos radios, en los intervalos de las novelas interminables. Como un intruso, el bolero se metía por todos los rincones de la casa. Era una música asociada a la leche hervida, a la cucharada inefable de la emulsión de Scott, a la cola granulada, a los purgantes, a las bebidas de limoncillo con frotamiento de Vaporub, al mercurio cromo, al beramón, en esos días interminables de fiebre, cuando la vida hacía guiños desde afuera con sus cometas infinitas, su pelota de futbolito, su trompo de poner, el aro, las canicas,  el escondite, los zancos…

En la adolescencia, en la incursiones de amor, los boleros, después de una larga cuarentena, recobran todo su sentido. Se entrecruzan imágenes y sensaciones, formas, fracasos y ritos de iniciación, tragedias cotidianas, enlaces y rupturas. Corazones entablillados.

 Se recuerdan las rocolas y las pianolas. Esas máquinas de colores que, como papagayo de vidrio, molían y molían boleros hasta el alba. Cuando aún se podía caminar de noche,  entre luces pálidas, se enredaban, en el viento, las quejas de los serenateros, esos cumplidos oficiantes del sentimiento.

 Se escapan de los baúles de la más fresca y enraizada nostalgia los boleros: “Piel Canela”, un flechazo certero en cualquier fortaleza de amor. “Te amaré toda la vida”, una promesa incondicional y perenne de amor; y el bolero “Y”, un canto al reproche, a la decepción amorosa y al perdón.

  Y para terminar un soneto de Pablo Neruda, que  representa una idea puramente poética de su objeto amoroso:

Ninguna más, amor, dormirá con mis sueños.
Irás, iremos juntos por las aguas del tiempo.
Ninguna viajará por la sombra conmigo,
sólo tú, siempre viva, siempre sol, siempre luna.

por Francisco Arturo Rosero Cordoba

 

Reunión Grupo “La Cigarra”

Diciembre de 2016