Hay escenas de la vida real que uno quisiera borrar de su mente. Momentos de la vida que todos hemos tenido que nos han producido dolor, sufrimiento, angustia, miedo, impotencia, ira o desesperación. Pues bien, todos esos sentimientos los tuve, y estoy segura también varios de los congresistas de la comisión II, que viajamos el día jueves 27 de agosto a la ciudad de Cúcuta para conocer la realidad de lo que estaba pasando en nuestra frontera colombo-venezolana.

Dos días antes, el dictador Maduro en un acto desquiciado y llevado por la desesperación de la situación a la que su antecesor y él mismo han llevado a su país, y para tapar la situación económica y social ya insostenible que soportan nuestros hermanos venezolanos, pero además para tapar el tema de mafias del contrabando y narcotráfico dirigido por el cartel de los soles, ordenó el cierre de la frontera con Colombia.

Además encontró un excelente momento para tratar de evitar o aplazar las elecciones de congreso que están programadas para el próximo mes de diciembre, cuando es evidente que la comunidad internacional y la oposición están trabajando, para exigir control y transparencia en dicha contienda electoral, lo cual no le conviene a un régimen como el suyo, que quiere perpetuarse en el poder.

Por eso de una manera prepotente convoca una rueda de prensa, para dar la orden de cerrar la frontera del Táchira, pero además para acusar a nuestros compatriotas de paramilitares y delincuentes, y ordenar deportarlos, marcar sus viviendas para después demolerlas, expulsarlos, humillarlos y arrebatarles sus enseres y escasas pertenencias que ha sido el fruto de su trabajo por muchos años. Adicionalmente a varios ha dispuesto ponerlos presos y torturarlos.

A esta locura malévola se han unido todas aquellas autoridades que cumplen sus órdenes como robots, y actúan sin consideración ni sentimientos y sin respetar la dignidad humana. Como consecuencia, nuestros connacionales empiezan a huir de un país que ellos han ayudado a construir con su trabajo, en donde han hecho su vida y han echado raíces.Obligados a huir despavoridos, asustados, perplejos y aterrorizados, perseguidos por unas autoridades que los atropellan.

A esos seres humanos, indefensos, humildes, asustados, fue a quienes encontramos en los albergues que el gobierno local organizó y en los que ellos mismos improvisaron en la margen colombiana del rio Táchira. Cientos de hombres, mujeres, ancianos y niños; aturdidos mirando hacia el infinito, tendidos sobre colchonetas y adoloridos por el mal trato y la humillación de la que fueron víctimas, al ser atropellados de manera infame por el solo hecho de ser colombianos, es decir victimas de xenofobia; contando historias desgarradoras de lo que tuvieron que vivir en esa huida por la decisión de un tirano, que decidió tapar sus propias culpas, sus pecados y errores a costa de los más débiles.

Es realmente inaceptable, desde todo punto de vista, lo que ha hecho este hombre cruel, por eso rechazamos de manera pública la visita de la canciller venezolana a nuestro país y la manera como después de esos hechos, vino a negar una realidad evidente.

Es hora de que Colombia tome posiciones realmente firmes frente a un gobernante que no contento con haber destruido un país tan boyante como fue Venezuela, se ha atrevido a traspasar la frontera con su despotismo. Hay que aislar a este personaje de nuestro país. Se trata de la dignidad y la honra de una nación, y del respeto a los colombianos de todas las clases sociales. Este doloroso momento que vivimos también nos debe alertar sobre el verdadero perfil de aquellos que tienen la misma ideología del tirano de Venezuela y que han sido cobijados y protegidos por él y su gobierno, el cual es hoy en día “garante” de un proceso que dicen traerá la paz.