Por Enrique Herrera

«Colombia votó en las presidenciales por un cambio, no por una metamorfosis. La gente quiere una senda evolutiva y no un cambio abrupto».

El mundo no ha venido cambiando, ha venido más bien, metamorfoseándose. El
cambio implica una senda evolutiva mientras que la metamorfosis es un cambio
abrupto y repentino.

Y ejemplo de ello hay muchos, desde la irrupción tecnológica pasando por la
elección impensable de Trump como también la de Petro hasta la aparición
imprevista del Covid19, la guerra de Rusia a Ucrania y la respuesta a Putin.

Colombia votó en las presidenciales por un cambio, no por una metamorfosis. La
gente quiere una senda evolutiva y no un cambio abrupto. Y es ahí cuando Petro
se equivoca porque confunde el mensaje. Es más, la ciudadanía quiere
salvaguardas por si las cosas no salen bien. Y no están saliendo bien.

Además, no hay nada más equivocado que pretender resolverlo todo a la vez y la
razón es sencilla: es un imposible dado qué, ninguno de los problemas de
Colombia tiene fácil arreglo.

Y si pretenden hacerlo señalando, acusando, estigmatizando, es decir, resaltando
más las diferencias que nos dividen, que los factores comunes que podrían
unirnos pues, peor. El gobierno nacional tiene que esmerarse por promover
escenarios que construyan vínculos de confianza y de cooperación para facilitar
que los distintos, trabajen juntos. Y no lo está haciendo. Tiene que elaborar el
pegamento de la sociedad y ello será un imposible en el 2023 y las razones son
varias.

Las abejas y las hormigas trabajan juntas porque, por naturaleza, su pegamento
es el parentesco, permanecen unidas porque son familias, casi todas hermanas:
las reinas ponen todos los huevos. En Colombia es necesario buscar puntos de
encuentro porque los cambios -no las metamorfosis- se logran desde la
cooperación y no desde la confrontación.

Pero habrá dos factores que no ayudarán: la economía y las elecciones de
octubre.

La primera, la económica. El país anda a tope con 12.53% de inflación, la más
alta en 23 años, pero no solo eso, el país crecerá el año entrante un 1.2% según
la OCDE; la devaluación del peso marcó ayer $4.825 por dólar y el precio del
petróleo Brent U$77.9 dólares/barril cuando en junio estaba en U$120.

Y he aquí el asunto: el estancamiento o el “decrecimiento” económico aparte de
crear problemas macroeconómicos provoca un clima de enfrentamientos, violencia
y el ascenso de movimientos políticos de ultraderecha. Fragmenta. No une. Es un juego de suma cero en que la lucha es feroz porque el pedazo de torta no alcanza
para repartir.

Contrario es, cuando hay crecimiento económico inclusivo. Benjamín Friedman
escribió que cuando la economía crece, potencia oportunidades, movilidad social y
equidad; la polarización disminuye porque cuando el pastel se agranda, el reparto
es más tolerable porque alcanza.

El otro factor, son las elecciones: las campañas políticas fracturan, polarizan,
dividen en “nosotros” y “ellos” y crean hostilidad. Emburbuja a la gente en cada
bando. No permite construir vínculos, ni cooperación.

Así pues, podemos tener, para el 2023, una tormenta perfecta, de jaladas de
mechas permanentes y en que la pirinola puede caer en todos pierden.